Los puentes térmicos en edificios, también conocidos como puentes fríos, son áreas localizadas dentro del envolvente térmico del edificio donde la capa continua de aislamiento térmico se ve interrumpida o comprometida por un material con una conductividad térmica significativamente mayor. Estos elementos crean un camino preferente para el flujo de calor, eludiendo el aislamiento y provocando múltiples problemas de rendimiento. Ejemplos comunes incluyen balcones de hormigón sin aislamiento o forjados que sobresalen a través de muros aislados, marcos metálicos de ventanas y puertas que se extienden desde el interior al exterior, columnas o vigas estructurales de acero que atraviesan la fachada, e incluso fijaciones y soportes utilizados para sujetar el revestimiento. Las consecuencias de los puentes térmicos no tratados son considerables. Provocan pérdidas de calor desproporcionadamente altas, lo que reduce la eficiencia energética general del edificio y aumenta los costes de calefacción y refrigeración. Un problema más inmediato y visible es la disminución de las temperaturas superficiales interiores en el punto del puente térmico. Cuando esta temperatura superficial cae por debajo del punto de rocío del aire interior, se forma condensación. Esta humedad persistente crea un entorno ideal para el crecimiento de moho y hongos, lo que puede dañar los materiales de construcción y representar riesgos para la salud de los ocupantes. En climas fríos, esto incluso puede provocar la formación de hielo dentro de la estructura. Además, los puentes térmicos pueden causar incomodidad térmica debido a una asimetría en la temperatura radiante, haciendo que los ocupantes sientan frío cerca de estos detalles mal aislados. Por lo tanto, identificar y mitigar los puentes térmicos mediante un diseño cuidadoso, el uso de materiales de rotura térmica y un aislamiento continuo es un aspecto fundamental para construir edificios duraderos, saludables y eficientes energéticamente.